Rendido a los treinta y cinco. El mundo me ha aplastado, el pasado exprime mi ser hasta sacar lágrimas secas. Veo un largo túnel negro, orientado al destino que me aguarda, y no ni un atisbo de luz, ni chispa alguna. Tan solo veo la penosidad y la mediocridad ante la llegada de la parca.
¿Pero de qué me sorprendo? Siempre dije que no iba a llegar a los cincuenta y ahora, aún sabiendo que esa idea me ha rondado desde que era muy pequeño, sigo queriendo evitar esa idea que tuve de niño. Pero el tiempo le está dando la razón a aquel crío imaginativo, las malas experiencias van acumulándose como paradas en ese camino trazado en la infancia y yo, espectador de tales designios, lo contemplo con temor.
Sí, ya sé cuál es el camino trazado del ser humano: naces, creces, mueres, el recuerdo y el olvido. Más he intentado superar esa lista imborrable y común. He luchado contra el olvido con todas mis fuerzas, pero ha sido en vano: la mediocridad se ha instalado en mis palabras y, el fruto de ellas, no se disfruta, no se ve, no se lee… Mis textos ya nacen olvidados. Sin leerse, perdidos entre bytes y páginas online sin visitas ni nada que me ayude a sobrellevar el monstruo que conquista mi mente en demasiadas ocasiones. Incluidas estas líneas que no serán leídas y quedarán barradas en la oscuridad del desconocimiento.
La amistad también ha sido esquiva conmigo: o se aprovechan de mí, o me abandonan por el camino —el olvido otra vez— o me alejo de ellos cuando veo que no me aportan. A lo largo de estas treinta y cinco vueltas al astro rey, solo he tenido cinco amistades que, más o menos, podrían decirse constantes: pero todas se han ido en algún momento. O pasan, o me abandonan, o se ríen de mí. Algunos hasta comenzaron a salir con aquella persona objeto de mis anhelos, aun sabiendo mis sentimientos hacia ella. ¿Le importó? No, «es una obsesión tuya», me dijo. Aún así, seguí siendo amigo suyo, hasta que desapareció. Ya lo dijo una persona a la que consideraba amigo, más él me veía como un cliente y poco más: «no sabes escoger amistades». ¡Pues claro que no! ¿Cómo hacerlo si no ha habido una constante en mi vida más que la soledad y la oscuridad? ¿Y cómo conocer a alguien si, apenas, me conozco a mí mismo? Ni para eso valgo.
No me atrevo a dar pasos, lo sé, pero los planes descabellados no van conmigo, y mi peor defecto es, a la vez, mi mayor virtud: la razón. Me guía en muchas veces y, junto a mi instinto, casi nunca me han fallado; pero ante un plan o idea que no veo bien, esta la corta de raíz. ¿Puede que eso me haya llevado a quedarme barrado en el camino? Es posible, no lo niego. Más la traición, la cerrazón mía, me lleva a desconfiar de aquellos que me han dado algún motivo, por leve que sea, de hacerlo. ¿El problema? No existe el olvido.
Así pues, sin trabajo, sin dinero, malviviendo, pendiente de una muerte inexorable que me romperá el alma y quebrará lo poco que tengo mío, aquí sigo.
Barrado en el camino.
Muriendo sin ganas.
Detenido en el arcén esperando una luz.
Sin esperanza.
Sin futuro.
Con treinta y cinco y rendido.